Cuando tomas una pastilla, no tiene un GPS, sino que sigue un proceso para llegar donde duele. Primero, se disuelve en el estómago o intestino, liberando su ingrediente activo, que luego entra en la sangre. Desde allí, viaja por todo el cuerpo, pero actúa selectivamente: los antiinflamatorios se concentran en zonas inflamadas, los antibióticos atacan bacterias y los analgésicos bloquean señales de dolor.
Finalmente, el hígado y los riñones eliminan los restos. Así, aunque la pastilla no “sabe” a dónde ir, su diseño y el funcionamiento del cuerpo hacen que llegue justo donde se necesita.
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